En 'La noche boca arriba', Julio Cortázar cuenta la historia quizá soñada de un hombre que sueña ser otro hombre. Dos historias discurren a la vez a medio camino entre el engaño, la iluminación, el miedo y el frío; dos relatos que se necesitan, se niegan y, ya se ha dicho, se sueñan el uno al otro. Un hombre que viaja en moto sufre un accidente y en el duermevela del 'shock' se imagina dentro de una civilización antigua. O al revés. Los dos cuentos son verdad con la misma claridad con la que mienten. Sólo la propia posibilidad de ser una narración les da sentido, les hace reales, que no verdad. O sí.
Ang Lee relata en 'La vida de Pi' la historia de un naufragio. En sentido literal y figurado. Se trata de la célebre novela de Yann Martel que desde su publicación en 2001 ha vivido un permanente acoso cinematográfico. El libro cuenta los infortunios de un chaval solo (o casi) en una barca en medio del océano. A su lado (por eso lo de casi), un tigre de bengala. Parece absurdo, se antoja quizá el planteamiento bobo y orientalizante de una parábola propia de un discípulo torpe de Paulo Coelho... y no. Si acaso, más cerca de Kipling.
En realidad, estamos delante de una de las más cuidadas, envolventes, serias y emotivas reflexiones que ha dado el cine contemporáneo sobre, precisamente, la propia posibilidad de la narración. Al fin y al cabo, y sin necesidad de ponerse más grave de lo necesario, somos lo que somos por culpa precisamente del relato que acertamos a elaborar de esa extraña sensación entre la vigilia y el sueño que es la propia existencia. Tan grave como suena.
La historia comienza en un lugar preciso de la India. Allí, un chaval abre los ojos a un mundo poblado por tantos dioses como credos, por tantas creencias como posibilidades tiene una mentira. Infinitas. El joven, en su perplejidad, irá cambiando de credo convencido en su pedestre agnosticismo de que ante dos montones de promesas divinas exactamente iguales e equidistantes no queda otra que confesarse 'panreligioso'. Eso o morir de hambre ascética. Es decir, que, ante los riesgos de la inanición catecumenal, decide mojar (de ahí el pan) en todas las salsas deístas. "Si crees en todo, acabarás por no creer en nada", le advierte cauteloso su padre. Todo relato es verdad con la misma consistencia que miente.
El progenitor, el de la advertencia, es gerente y dueño de un zoo; por definición, un conjunto extraño de animales encarcelados. Las criaturas, no necesariamente hijas de dios alguno, viven en reclusión y, por ello, condenadas tal vez a ser algo (atracción para turistas) ajeno a su propia naturaleza. La precisión importa, por religiosamente pertinente. Un buen día la familia, el zoo y las dudas existenciales de todos ellos zarparán rumbo a otro lugar. Más lejano y, por ello, incierto. Y en medio del océano, como siempre, acaecerá el naufragio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario